Yo tenía una granja en Africa

       Yo tenía una granja en Africa, al pie de las colinas de Ngong. Con un arranque así quien no escribe una gran novela. Yo tenía una  granja en Africa. Después de esa frase, todo es pan comido: los anocheceres al pie de la colina,  los rugidos de los leones al atardecer, el baño de los hipopótamos, el tío guaperas que aparece volando en una avioneta y que arrasa la plantación de pepinos africanos al aterrizar. Pero si eres de un barrio insulso de una ciudad pequeña, ¿qué haces?; ¿Y si no tienes granja? Yo tenía una plaza de garaje en la calle Panaderas. Como que no es lo mismo. Y además, donde encajan los leones, los hipopotámos. Y donde carajo aterriza la avioneta. En el patio del club social de la tercera edad. Venga hombre. Si eres un tío de barrio, a lo más que puedes aspirar es a escribir una novela cutre, de esas con trasfondo social. Como mucho puedes ganar un premio literario convocado por Izquierda Unida, pero maldito el encanto que tiene eso. Claro que también te puedes inventar lo de la granja en Africa. O actualizar los parámetros de la novela. Yo tenía un apartamento en Brooklyn. Queda bien, pero al final se va a notar la impostación y le va a faltar credibilidad a la historia.  Porque yo quería ser escritor, hablar de mi gente, mi tierra, mi casaaaaaaaaaaa, pero soy un tío soso, natural de un lugar aburrido, con una vida predecible, así que no tengo margen para la creación literaria. Me queda el yo interior, la novela introspectiva. Algo tipo Kafka, Pessoa, ese estilo. Pero les voy a ser sincero, yo quería ser escritor con encanto, con glamour, no un pedorro desasosegado, de tesis doctoral y cursillo de Universidad de verano subvencionada. Yo tenía una granja en Africa. Con una granja en un paraje exótico, me sobrarían las amantes, las invitaciones sociales. La cuestión es que sin granja, no veía la manera de ser escritor. Con unos dineritos que me dejó en herencia una hermana de mi madre compré un melonar en Murcia, por lo de la granja, a ver si le cogía un aire literario. No hubo manera. Los melones se me dieron fatal y los emigrantes rumanos que contraté no tenían ni la mitad de gracia de los masais africanos. Lo cierto es que aburrido de la vida rural decidí vender. Con el boom inmobiliario en su inicio, me recalificaron el melonar como suelo urbano (previo pago de una generosa comisión y un fin de semana de spa con la concejala de urbanismo correspondiente) y vendí los terrenos por una fortuna. Como no sabía que hacer con el dinero y a mi estas cosas de los Bancos me dan yuyu,  invertí todo en una empresa llamada Astroc. Al poco tiempo, se había multiplicado por cinco la inversión. Asqueado de ver tanta ganancia (ya lo dice Marx que cada dinero que obtienes como plusvalía se lo estás arrancando de las manos a una pobre viuda que tiene que alimentar a sus seis hijos menores) lo vendí todo. ¿Qué hacer? Me vi sumido en el oprobio de una vida indolente y regalada, así que después de varias semanas rastreando el globo con el gugeljeart tomé una decisión trascendental. Me he comprado una propiedad extensísima en Alaska. Miles de hectáreas llenas de abetos, alces y nieve, mucha nieve. Aquí estoy, llevo seis meses. Vivo en una casa de madera en medio de ninguna parte. Hace un frío de pelotas. Y no tengo más compañía que un indio descendiente de la tribu de los Knaiakhotana que apenas dice tres palabras al día. Tengo veinticinco cuadernos Moleskine preparados, para narrar mis experiencias. De momento no ha pasado nada. Todo llegará. Para calentar la mano, copio una y otra vez las primeras palabras del libro de la Blixen: “Yo tenía una granja en Africa, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al Norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías”.

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Acerca de Oesido

Tengo muchas dudas y ninguna solución. Sólo sé que hay mucho imbécil, algún malvado y escasísimos sabios.
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2 respuestas a Yo tenía una granja en Africa

  1. Lo que me he reído leyendo la entrada. No sé dónde está la separación entre la ficción y la realidad, supongo que en cuanto decidiste comprar el melonar 🙂

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