¿El propio Levrero?

       Estos últimos días he atravesado esas fases características de todo lector, de atasco mental.  Han quedado aparcados a media lectura,Nada que temer, de Barnes; La invención de Morel de Bioy Casares, Pnin de Nabokov y el Hola de la semana pasada (¿Que c. habrá hecho Carmen Lomana?).  Así que temporalmente me he pasado al ocio visual y me he volcado en ver la primera temporada de la serie  El ala Oeste de la Casa Blanca (que me la dejó Manu),  e iniciar la segunda temporada de Entourage (El Séquito), una serie gamberra con la que me río mucho.

      Pero hete aquí que  ha caído en mis manos el libro ideal para un estado de vaguedad intelectual: El discurso vacío de Mario Levrero. LLevaba  mucho tiempo rondando al uruguayo, del que había oído hablar en otros blogs de los habituales (Quaderno RibadaviaBlues Mund,  La periódica revisión dominical…)

      El protagonista del libro es un escritor (¿El propio Levrero?) que vive en un estado de permanente ansiedad, confusión y fatiga crónica y llega a la conclusión que la forma de salir de este estado llegando a un cierto equilibrio,  autoafirmación y paz interior es llevando un  diario en el que se limite a la realización de ejercicios de caligrafía, desarrollando un discurso vacío.

      Nos lo explica el protagonista (¿el propio Levrero?) en la página 15 De la edición DEbolsillo: “Hoy comienzo mi autoterapia grafológica. Este método (que hace un tiempo me fue sugerido por un amigo loco) parte de la base -en la que se funda la grafología- de una profunda relación entre la letra y los rasgos del carácter, y del presupuesto conductista de que los cambios de la conducta pueden producir cambios a nivel psíquico” Más adelante, en la página 97 lo dice de manera más filosófica: “Espero que la grafología me ayude ya que los dioses me han olvidado“.  Y allá empieza el buen hombre (¿el propio Levrero?) a desgranar sus ejercicios de mera caligrafía mezclándolos con el desarrollo discursivo que viene a ser algo así, según nos narra: “Hay un fluir, un ritmo, una forma aparentemente vacía; el discurso podría tratar cualquier tema, cualquier imagen, cualquier pensamiento. Esta indiferencia es sospechosa; presiento que tras la apariencia de vacío hay muchas, demasiadas cosas. El vacío nunca me asustó demasiado; en ocasiones hasta llegó a ser un refugio. Lo que me asusta es no poder huir de ese ritmo, de esa forma que fluye sin desvelar sus contenidos. Por eso me pongo a escribir, desde la forma, desde el propio fluir, como asunto de esa forma, con la esperanza de ir descubriendo el asunto real, enmascarado de vacío“.

     El libro es eso, un fluir de palabras, sin aparente (insisto, aparente)  hilo argumental. Un dejar vagar el pensamiento. A través del conjunto de cosas que nos cuenta en primera persona el personaje (¿el propio Levrero?) se nos va dibujando un tipo lleno de ansiedades, neurosis, manías, escasamente dotado para la vida práctica, quejica y protestón. En principio apenas tiene que hacer nada en todo el día, pero se pasa la vida quejándose de lo difícil que le resulta concentrarse, de como la vida diaria y sus quehaceres le incordian continuamente.  Si el protagonista del libro no es el propio Levrero, no le es muy ajeno.  En la página 151 nos hace una lista de sus malos hábitos: “1) el fumar en exceso; 2) el valium; 3) el mirar en exceso películas en vídeo; 4) el jugar con maquinitas electrónicas; 5) El exceso de lectura, sobre todo a deshoras“.

     Al final del libro, en el epílogo, después de tanto discurso vacío y reflexión interiorizante,  establece una especie de conclusión sobre la madurez muy en la línea de Marai de desmitificar esta etapa vital como estado al que el hombre llega pleno de sabiduría. Dice: “Cuando se llega a cierta edad, uno deja de ser el protagonista de sus acciones anteriores. Lo que uno ha sembrado fue creciendo subcrepticiamente y de pronto estalla en una especie de selva que lo rodea por todas partes, y los días se van nada más que en abrirse paso a golpes de machete, y nada más que para no ser axfisiado por la selva“.

     Me gustó tanto Levrero que una vez leído este libro me lancé sobre La novela luminosa, publicada también por DEbolsillo, con una letra puñeteramente pequeña, para descubrir que cuando se llega a cierta edad la presvicia va aumentando y uno ya no es capaz de leer la letra pequeña, a la luz de la mesilla de noche, con sus antiguas gafas. Así que a grandes males grandes remedios: he aumentado el voltaje de la bombilla, me iré a calibrar la vista y he encargado a través de Uniliber una versión de la novela en letra más grande. Todo sea por Levrero. ¿Será él el personaje de El discurso vacío?

     Me ha aparecido un GRAN ESCRITOR.  Y advierto que lo que queda dicho de El discurso vacío es lo que resulta de la epidermis del libro. Este admite segundas o terceras lecturas de más calado. Pero éstas quedan al trabajo de cada uno.

          (Post rescatado del antiguo Blog de Oesido)

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Acerca de Oesido

Tengo muchas dudas y ninguna solución. Sólo sé que hay mucho imbécil, algún malvado y escasísimos sabios.
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