El buen maestro

   En El primer hombre, Albert Camus dedica un emocionado recuerdo al que fue su profesor en la escuela elemental, el señor Germain, al que en el libro llama señor Bernard. Este buen hombre es un arquetipo de tantos y tantos maestros que con un sueldo miserable, en escuelas humildes  de pueblos perdidos fueron capaces de atraer la atención de algunos de sus alumnos hacia la cultura y el saber. “Con el señor Bernard la clase era siempre interesante por la sencilla razón de que él amaba apasionadamente su trabajo …. El método del señor Bernard consistía en no aflojar en materia de conducta y por el contrario dar a su enseñanza un tono viviente y divertido. Siempre sabía sacar del armario, en el momento oportuno, los tesorros de la colección de minerales, el herbario, las mariposas y los insectos disecados, los mapas o …. que despertaban el interés languideciente de sus alumnos. Era el único de la escuela que había conseguido una linterna mágica y dos veces por mes hacía proyecciones sobre temas de historia natural o de geografía”.

      A los chicos pobres como el joven Camus “la escuela no solo les ofrecía una evasión de la vida de familia. En la clase del señor Bernard por lo menos, la escuela alimentaba en ellos un hambre más esencial todavía para el niño que para el hombre, que es el hambre de descubrir. En las otras clases les enseñaban sin duda muchas cosas, pero un poco como se ceba a un ganso. Les presentaban un alimento ya preparado rogándoles que tuvieran a bien tragarlo. En la clase del señor Bernard sentían por primera vez que existían y que eran objeto de la más alta consideración: se los juzgaba dignos de descubrir el mundo. Más aún, el maestro no se dedicaba solamente a enseñarles lo que le pagaban para que enseñara: los acogía con simplicidad en su vida personal, la vivía con ellos contándoles su infancia y la historia de otros niños que había conocido, les exponía sus propios puntos de vista, no sus ideas, pues siendo, por ejemplo, anticlerical como muchos  de sus colegas, nunca decía en clase una sola palabra contra la religión ni contra nada de lo que podía ser objeto de una elección o de una convicción, y en cambio condenaba con la mayor energía lo que no admitía discusión: el robo, la delación, la indelicadeza, la suciedad“.

     Cuando terminan la escuela elemental,  la mayoría de los alumnos están condenados a abandonar los estudios y ponerse a trabajar,  pero el Sr. Bernard selecciona a los cuatro mejores alumnos del curso, entre ellos Camus, y les propone presentarse a un examen para obtener una beca que les permitiría acceder al Liceo y concluir estudios superiores.  A Camus su familia le niega esta posibilidad porque dada su pobreza, necesitan que se ponga a trabajar para cubrir sus necesidades. Cuando se lo dice al Sr. Bernard, éste acude a su casa y consigue convencer a su abuela de que le permita presentarse al examen y continuar sus estudios a pesar de el gran sacrificio que para ellos supondrá. El señor Bernard prepara a sus candidatos en los ratos libres y días festivos; les da clase, guía sus tareas y todo lo hace altruistamente. Llega el día del examen y aprueban tres de los cuatro alumnos de la humilde escuela de Argel. Camus ha conseguido un billete para huir de un horizonte de miseria.

     El futuro  premio nobel nunca olvidará a su maestro.  Al cabo de los años,  convertido en un hombre ya formado, Camus viajará durante quince años a Argel para visitar a su madre y a su viejo maestro al que siempre recordará con emoción y cariño.

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Acerca de Oesido

Tengo muchas dudas y ninguna solución. Sólo sé que hay mucho imbécil, algún malvado y escasísimos sabios.
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2 respuestas a El buen maestro

  1. Me ha encantado este comentario, muy al pelo ahora que tan denostada está nuestra escuela pública. Yo, como madre de maestra, ahora le remito tu escrito para que le llegue un algo positivo.
    Un saludo
    Teresa

  2. oesido dijo:

    La educación, la enseñanza es el primer activo de una sociedad que quiera progresar. No sé si hoy existen maestros como el de Camus ni alumnos como Camus, pero sin unos y otros, estamos perdidos.

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