Comer o no comer

      Sábado, 7.45 a.m. me desayuno con la Voz de Galicia, gacetilla local que te permite desinformarte en un tiempo aceptable, frente a los periódicos de capital que te llevan al mismo objetivo, pero con muchísimas más páginas. El sábado el periódico incluye el suplemento Culturas que siempre ha sido de mi agrado aunque razones que supongo presupuestarias y de aceptación popular lo hacen cada vez más raquítico. En su contraportada, aloja una entrevista de Enrique Clemente con David Vann (el de Sukkwan Island y Caribou Island) que se queja de su país en los siguientes términos: “¿Cómo puede vivir uno en un sitio donde hay gente tan inteligente, con tantas universidades, pero la población general es tonta? Estados Unidos es una democracia militar religiosa que da culto a las grandes corporaciones, al dinero y al individuo, a la que le importa un rábano el arte”.  Sí, bueno, pero: A) Generalizando, en general, la población general de cualquier país es tonta (bien entendido que el que escribe esta frase se alinea en el lado contrario al de la generalidad, faltaría más). Y B) De momento y a pesar de todo, puestos a elegir,  y en lo que a satisfacción de necesidades humanas y por tanto culturales se refiere, sigo preferiendo vivir en Nueva York que en Ulaanbaatar (Ulán Bator), aunque no lean a Vann (por cierto que yo no lo he leído por las mismas razones que él recrimina a sus paisanos: sus libros tratan de suicidios, muertes, y otros asuntos más o menos deprimentes). Pero bueno, no es esto lo que me llama la atención de lo que dice Vann, sino una idea que subyace en su entrevista. Lo que Vann dice pero no dice  es que si un tío listo como él se molesta en encerrarse X meses a escribir un libro, lo menos que podemos hacer los demás es comprarlo y en su caso leerlo para que él pueda subsistir como escritor. Y esta cuestión de conseguir que los autores y artistas en general consigan comer con una cierta regularidad me lleva a la eterna cuestión del fomento, la subsidiación, la esponsorización del arte y la cultura.

      Y es que la casualidad hace que ayer empezara a leer El mapa y el territorio de Michel Houellebecq, en su edición de bolsillo. Y en su página 39, el padre del personaje principal de la novela, artista por cierto dice: “Es curioso, podría creerse que la necesidad de expresarse, de dejar huella en el mundo, es una fuerza poderosa; y, sin embargo, por lo general, no basta. Lo que mejor funciona, lo que empuja a la gente, con la mayor violencia a superarse sigue siendo la pura y simple necesidad de dinero”.  Este hombre, que tiene una buena posición económica, lo que piensa es que si decide mantener a su hijo, esperando que triunfe en el mundo del arte, lo echará a perder, que lo que tiene que hacer es buscarse la vida y las habichuelas y que, en el camino de ese esfuerzo, triunfará o no, según su valía.  Pero, claro, pienso yo (que por algo no formo parte de la estúpida población general) por ese camino puede darse el caso de que el artista genuino, único, por la necesidad de ganarse las pelas,  prostituya su arte (que grandilocuente suena) se banalice, se comercialice.

      Usease, por el camino de la esponsorización generalizada podemos dar lugar a fomentar  manifestaciones culturales que a nadie interesan, becar a artistas que no llegan a ninguna parte o financiar películas que nadie ve. Y está el problema para mí más grave: ¿Quien decide aquello que es cultura y elige a los agentes culturales que hay que promover? Y por el camino de dejar a cada uno a su propia suerte, podemos acabar con la cultura con mayúsculas, en favor de una trivialización consumista de mierda.

      Aunque también queda una vía intermedia, la de separar vocación y medio de vida, profesión. Casualmente hoy también trata este asunto el periódico digital El Confidencial (evidentemente este cúmulo de casualidades es lo que hace que yo esté escribiendo hoy estas letras). Esta postura es bien sencilla: No elijas tu profesión en función de tu vocación,  búscate -con sentido práctico- un medio de vida, un trabajo, una profesión que te permita vivir, comer, pero que te deje tiempo libre para desarrollar tus aficiones. Esta opción te dará una enorme libertad y te permitirá probar suerte en esa otra faceta cultural que te entusiasma. A veces, seguirás tu vocación artística y otras veces o bien fracasarás y te olvidarás del asunto o simplemente decaerá tu inclinación por esa faceta artística o cultural. Pero en todo caso no tendrás nunca  que prostituirte y sobre todo comerás todos los días caliente que no es poco.

       P.D. No pierdas el tiempo, Ulán Bator, es la capital de Mongolia (lo he buscado en Google no te miento).

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Acerca de Oesido

Tengo muchas dudas y ninguna solución. Sólo sé que hay mucho imbécil, algún malvado y escasísimos sabios.
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2 respuestas a Comer o no comer

  1. calledelorco dijo:

    En plena discusión sobre la famosa “muerte del arte” y refiriéndose a la distribución editorial (“¿Quien decide aquello que es cultura?”), Deleuze dijo algo así como “no hay muerte del arte, sólo hay asesinatos”. Hoy en día existe un claro empobrecimiento del arte (al menos del arte visible) por culpa del régimen de la eficiencia o en otras palabras el régimen del lucro. Sí, una especie de prostitución, como tú bien dices.Tal vez necesitemos una crisis de valores de nuestra cínica sociedad actual para volver a ver claro. Tal vez la neutralidad de la red acabe reemplazando los que deciden aquello que es cultura.

    En cuanto a lo de Ulan Bátor, estuve y no viviría allí por nada del mundo, aunque los centenares de kilómetros de estepa que se extienden a su lado son espectaculares. 😉

    ¡Buen finde Oesido!

  2. oesido dijo:

    J…, he dado con el único español que ha pisado Mongolia! gracias por tu visita, un saludo.

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